martes, abril 20, 2021
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“Sin industria no hay Nación”

La industria es uno de los más potentes motores de la economía mundial, y factor preponderante en el desarrollo de la humanidad en los últimos siglos. En la Argentina, la industria nacional tiene también su larga historia; y la fecha establecida para celebrarlo es el 2 de septiembre. Pero no es casual…

Si uno se amedrenta en la búsqueda del origen de ésta efemérides, puede encontrarse con infinidad de artículos de distintas miradas ideológicas de la historia. Lo cierto, es que mayormente, se coincide en la elección de esta fecha -2 de septiembre- para celebrar el Día de la Industria en el país, ya que ese día pero de 1587, partió una embarcación argentina hacia el Brasil, llevando el primer embarque de exportación.

¿Pero qué transportaba ese barco? ¿Al mando de quién estaba? Cuentan los historiadores, que se trataba de la nave San Antonio, una carabela al mando de un tal Antonio Pereyra, que zarpo desde el Riachuelo con rumbo al Brasil.

Ahora bien, repasemos el contexto: año 1587, menos de un siglo de la llegada de los españoles a América; Argentina asomando con una economía precapitalista, artesanal, básica; gobiernos bajo los virreinatos, tráfico de esclavos negros, matanza de indios; la ley de Dios ante todo.

La historia oficial dice que la San Antonio fue la que llevó a cabo el primer embarque para exportación de nuestra historia, dando nacimiento también a la Aduana, transportando en sus cargas, fundamentalmente, productos textiles como frazadas, lienzos, lana, cordobanes, costales, sobrecamas y sombreros. Por su parte, el hecho fue destacado ya que volviendo al contexto, las normas que imponía el comercio hispano eran muy restrictivas, sumado a las dificultades dadas por las largas distancias, ya que los obrajes y telares de la producción textil se encontraban en Tucumán y Santiago del Estero, donde se cultivaba el algodón.

Y aquí, resuena el cuento. Según un documento escrito por el historiador Felipe Pigna, la San Antonio llevaba todos esos productos, y en sus bodegas, un cargamento proveniente de Tucumán, el que había sido fletado por el obispo de esa ciudad, Fray Francisco de Vitoria. Se trataba de tejidos y bolsas de harina producidos en la por entonces próspera Santiago del Estero. Hasta aquí se coincide. Pero lo notable es que dentro de las inocentes bolsas de harina, según denunció el gobernador de Tucumán, Ramírez de Velasco, viajaban camuflados varios kilos de barras de plata, provenientes del Potosí, cuya exportación estaba prohibida por Real Cédula. Es decir que la “primera exportación argentina”, encubre un acto de contrabando y comercio ilegal.

¿Y quien era ese tal obispo Francisco de Vitoria? Se trataba de un religioso, que había servido en Charcas a un mercader, y allí pudo entablar relaciones comerciales con los miembros más notables de la Audiencia, lo que le permitió obtener un permiso para importar esclavos desde el Río de la Plata. Hasta entonces no había entrado ni un solo esclavo por Buenos Aires. Vitoria fue el pionero del tráfico negrero en estas tierras. Sin embargo, el Consejo de Indias, lo había propuesto “por ser muy buen letrado y predicador”, y por poseer excelentes recomendaciones por su pasado de consejero de la Inquisición en España.

Su principal enemigo era el gobernador de Tucumán, Juan Ramírez de Velasco, quien denunció en reiteradas oportunidades el tema del contrabando practicado sistemáticamente por Vitoria, pero los miembros de la Audiencia, que estaban también en el negocio, parecían no “oír” sus reclamos.

Lo cierto es que desde 1941 se celebra en Argentina, el 2 de septiembre como el Día de la Industria, en homenaje a este episodio, que si uno lo analiza bien, no deja de reflejar el espíritu del “ser nacional”.

¿Y luego qué pasó con la “nave de la industria”? La San Antonio emprendió su regreso con ciento veinte pasajeros involuntarios, es decir, esclavos negros, destinados a las minas de Potosí, y varias decenas de campanas y cacerolas. Aunque por esas vueltas de la vida, la misma fue abordada por el pirata inglés Thomas Cavendish y sus hombres. Al pirata, poco afecto a los rezos y sermones, no lo amedrentó la presencia del obispo Vitoria, y se robó el barco con toda la mercadería y la mitad de los esclavos. Como dice el dicho: “Ladrón que le roba a otro ladrón, tiene cien años de perdón”.

 

 

 

 

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