lunes, abril 19, 2021
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Estrategias para apuntalar un proceso de crecimiento que lleve al desarrollo

Cómo consolidar el despegue es la cuestión. Qué debe hacer el Estado para tratar de que crezca la inversión productiva y se concrete un uso adecuado del excedente económico. Cuáles son las opciones de política económica disponibles y cuáles los obstáculos. Aquí, prestigiosos economistas dan una mirada del asunto.

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Ricardo Aronskind, de la UBA, sostiene que “la coyuntura económica actual argentina expresa con claridad los problemas no resueltos en la estructura productiva del país y del Estado. Así, en los ruidos cotidianos vinculados al dólar, vemos la sombra del grave déficit energético dejado por Repsol, las dificultades de la industria argentina para realizar una más profunda sustitución de importaciones y las maniobras especulativas de la comercialización agropecuaria, además de una demanda “anormal” de esa divisa.

Luego, añade que “en las presiones inflacionarias, además de una cultura social muy compleja, se reflejan las dificultades del Estado nacional para disciplinar a sectores con aspiraciones de ganancias incompatibles con la estabilidad. En las dificultades en los sectores de transporte y energía se evidencian las falencias de las privatizaciones y el rentismo de empresarios locales y extranjeros. De la misma forma, el ralentizamiento de la tasa de crecimiento económico permite ver la aún insuficiente tasa de inversión productiva”.

“En una cultura como la local, con características especulativas y cortoplacistas, la inflación tiene un componente objetivo y otro social, vinculado a comportamientos oportunistas y abusivos de los formadores de precios. Se puede lograr establecer mecanismos que separen ambos componentes, usando la amplia información disponible sobre las cadenas de valor, y aplicar la legislación vigente de defensa de la competencia y contra los abusos de mercado, además de apelar a la acción de los consumidores”, agrega.

Por otro lado, Aronskind indica que “el punto de la inversión productiva es central. Su insuficiencia para acelerar el paso al desarrollo es un problema crónico en la Argentina, y no puede ser justificado ni por la carencia de recursos (el excedente económico es muy grande en el país), ni porque el gobierno de turno no da confianza a los inversores (es un argumento que no resiste la verificación histórica). Direccionar el excedente económico hacia la producción parece una cuestión central para el mediano y largo plazo. El sector público puede orientar con mayor precisión su propio gasto público hacia actividades fuertemente reproductivas. Y vincular el perfil de sus fuentes de financiamiento para incidir en el comportamiento de los actores privados, con mecanismos que estimulen la inversión y castiguen el despilfarro del excedente”.

Por ultimo subraya que “el salto hacia un país mejor requiere en forma indispensable un Estado más inteligente, cuyas dependencias se articulen en pos de metas estratégicas nacionales. Pero en el comienzo de todo está la voluntad política”.

 

El Estado debe protagonizar

 

Por otro lado, Norberto Crovetto, profesor de Crecimiento Económico de la FCE de la UBA; y Guillermo Hang, Economista de la UNLP, sostienen que desde la década del 80’ comenzó a gestarse un cambio de paradigma consistente en “la desaglomeración de la producción, en especial industrial, donde las distintas actividades y tareas necesarias para componer un producto son fragmentadas, dejando de ser necesario realizarlas dentro de un territorio nacional”. Este nuevo paradigma, visto desde los países de herencia colonial con cierto desarrollo industrial en los ’50 y ’60, tiene cuatro consecuencias. “En primer lugar –explican los economistas- la fragmentación es jerárquica. Las distintas actividades no tienen todas las mismas importancias. La innovación, la generación de nuevos productos y el diseño generalmente están concentrados en pocas empresas oligopólicas, y sus headquarters están ubicados en el núcleo de los países centrales”.

En segundo lugar, señalaron, “el sector servicios se expande como consecuencia de la externalización de las actividades antes realizadas en el interior de las fábricas. La unidad productiva hoy tiene una relación de “equipo” por trabajador mayor que antes. A la par de generarse una ilusión estadística de reducción del empleo y peso de la industria, presiona a la baja de los salarios entre los distintos países. Aquellos países que cuentan en el siglo XXI con importantes porciones de su población en actividades de subsistencia tienen una ventaja relativa sobre aquellos que han participado de una industrialización del viejo cuño y sólo cuentan con sectores marginales”.

En tercer orden, “el nuevo paradigma sostuvo tasas de rentabilidad distintas entre los distintos sectores, característica del capitalismo y que los modelos habituales en economía soslayan con el supuesto de tasa de rentabilidad uniforme para toda la economía. La dinámica de las tasas de rentabilidad muta entre los sectores de menor innovación a los de mayor innovación. La existencia de este diferencial entre las tasas de rentabilidad asegura una reproducción del sistema en la dirección del crecimiento de la productividad”.

Y en cuarto lugar, “los cambios fueron el pie de apoyo necesario para la globalización financiera y elemento complementario a la expansión de la oferta de dólares. La concentración del núcleo de las cadenas de valor en los países centrales desajustó la correspondencia que debe haber entre la masa de ganancias y la inversión en expansión de la capacidad física de producción”.

“Esas cuatro consecuencias centrales deben ser reconocidas para diseñar una política industrial nacional”, indican. “De modo que para alcanzar grados crecientes de industrialización es cada vez más significativa la relación creciente y balanceada de sustituir importaciones exportando industria. Todo producto industrial está compuesto de numerosas partes con distinto grado de constitución tecnológica. Sin considerar el núcleo que se reservan las empresas dominantes, hay partes con contenido tecnológico avanzado y las hay que utilizan tecnologías comunes y cuya existencia es difundida fácilmente”. “El Estado debe asumir la conducción del camino hacia un proyecto industrial para el futuro, fijando los incentivos y tomando un “seguro” por los riesgos que todo futuro conlleva”, concluyen los economistas.

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