jueves, febrero 25, 2021
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El COVID-19 no da tregua

Nuevo récord de infectados por coronavirus
El COVID-19 no da tregua

Ayer se conocieron los datos de la epidemia. Nos enteramos que llegamos a la cifra más alta de infectados en un día desde que comenzó la pandemia,  en total fueron 16.447, el acumulado ya supera los 840 mil. También hubo que lamentar el deceso de 401 personas en el día, lo que nos lleva a un total de 22.226 víctimas. El virus parece estar en su apogeo, y habrá que esperar con barbijo y distancia social, la llegada de un vacuna salvadora.

La Gran Capital rescata la mirada y la reflexión del Dr,  José María TAU, prestigioso Abogado y Vicepresidente de la Asociación Argentina de Bioética Jurídica, que nos propone abordar la pandemia desde otro lugar.

 

Cuareterna y otro abrazo anhelado

             Seis meses aislados y casi nada puede afirmarse del patógeno al que nos referimos el 28 de marzo (“El virus debe despertar la conciencia de nuestros deberes”) y 15 de abril (“Un virus con dos pandemias”).

Seguiremos escuchando términos como plandemia, infectocracia o infectadura mientras biólogos, infectólogos, virólogos y genetistas tengan miradas divergentes, el aislamiento sea considerado un éxito por algunos, fracaso para otros y se discuta hasta el número de muertos ”por” (no “con”) COVID.

Aunque la realidad -el ser-, no se vea clara, se mantiene -con escaso cumplimiento- ese “deber ser” sustentado en el miedo (los servicios sanitarios podrían colapsar…) que canceló traslados, cultos religiosos tanto como gimnasios y distanció de los afectos, impidiendo cualquier intimidad fuera de casa o el celular.

Los héroes son los miembros del equipo de salud que se mantienen en la trinchera, mientras nos aburrimos con zooms, TV, shows y periodistas cada vez más crispados y militantes. Algunos hartos de estar hartos, tratando de evitar la depresión. Los fóbicos (fobus: miedo), más fóbicos que nunca. Los recluidos sin pertenecer a grupos de riesgo, quizá más egoístas que en marzo. Los pobres, sin duda más empobrecidos.

Individualismo paroxístico e hiperconectividad habían dado luz a la “posverdad”. No porque la verdad no exista -aunque las verdades más profundas sean indefinibles, o incomunicables-, sino porque directamente ya no importa en el discurso o el wap, cuando tan sólo buscamos resultar originales, sabiendo que, tras un instante, la atención será devorada por el vértigo de la red.

Y justamente ahora que todo puede ser verdadero y falso, surgen médicos, abogados y psicólogos autodenominados “por la verdad”, dudando hasta de la existencia de la pandemia y cuestionando la forma como se afrontó por los gobiernos.

Mas allá de cualquier grieta, o militancias “antivacunas” (reflexionaremos en otra oportunidad sobre éstas), se ha abierto a nivel global un abismo en la relación entre política y salud, cuya hondura pone en peligro hasta el propio discurso de los derechos humanos y los de una Bioética que bregaba por la consideración del paciente como persona.

No me refiero a algún grupo de exaltados. En Canadá se convoca a asambleas para debatir las medidas adoptadas. En Alemania, uno de quienes promueven la reflexión colectiva ha sido director del Instituto de Virología más influyente de Europa, fundado en 1891 nada menos que por Robert Koch.

Desde el Consejo de Relaciones Exteriores (USA) -leíamos en este medio-Yanzhong Huang considera posible una mutación que volvería las vacunas menos efectivas y el virus más contagioso o letal, ya que su origen sigue desconocido. Es ingenuo pensar que esto terminará en pocos meses, o con una vacuna.

Sólo los gestos permiten superar la gritería.

Anhelamos abrazar a nuestros seres queridos. Pero acaso también un abrazo más grande e inmediato que pueda empezar a sanarnos como Nación.

Y creer en los demás y, sobre todo, en la clase política.

Tal sería, por ejemplo, si a la par que el tributo a las grandes fortunas, el titular del Ejecutivo decidiera reducir la remuneración de sus funcionarios e invitara a hacer lo propio a los otros poderes, destinando los fondos resultantes a las necesidades de los que menos tienen y más padecen este encierro.

Utopía? Quizá. Pero todavía no se ha prohibido soñar ¿o sí?

 

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