lunes, marzo 1, 2021
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Aborto y hospitales del deseo como cuestión de estado

José María TAU *
Aborto y hospitales del deseo como cuestión de estado

             Asistimos a un nuevo tratamiento legislativo del aborto. Previsible hasta en el diseño de las exposiciones, según bandos y colores. Recordándonos que a nivel militancias no importan las palabras, cada uno escucha lo que quiere oir y no cree demasiado lo que dice. Como ese juego de naipes, en el que se sabe que gana quien mejor macanea.

            Oportunamente analizamos el proyecto que logró media sanción en 2018 y volvió a tener estado parlamentario, más elaborado y con ligeras modificaciones (¿concesiones?): de 13 a 16 años la persona gestante debe tener el asentimiento de al menos un progenitor, el plazo brindar la prestación es ahora es de 10 días corridos, no cinco y admite la objeción de conciencia.

¿Tiene sentido reiterar que contradice normas constitucionales y legales (incluso el Código Civil de 2015)?

 Tambores para una guerra global

             Salvo que se renuncie a la racionalidad, podrán descubrirse en el proyecto dos fundamentos implícitos. Uno: la falsa noción que el no nacido carece de valor como individuo. Sería parte del cuerpo de la gestante. Por eso no hay ni una referencia al varón, o gameta masculina.

            El otro, que la mujer (omito tantos intereses en juego que aprovechan la onda feminista) sexualmente no sería plenamente libre de elegir, o decir no. El deseo liberado, como una adicción, no podría ya gestionarse. Por eso, la sociedad, -todos- debemos hacernos cargo si decide abortar durante 14 semanas.

            75 años de revolución sexual y la actual hiperconectividad inducen a muchas adolescentes a creer que liberación de la mujer es hacer lo que se le ocurra con su cuerpo y lo que haya dentro en él. Casi inútil hablar de educación, responsabilidad, prevención de embarazos mediante cualquiera de tantos métodos, una solución menos atroz incluso para ellas, o en el valor de la vida.

            La agenda global ofrece en estas latitudes ese cóctel de pseudoautonomismo, mezclado con medias verdades (razón de salud pública, el acceso de las pobres, las muertes…) para instrumentar políticas muy concretas.

Ser y deber ser

            Es cierto: interrumpir una gestación temprana, para muchos y muchas, no es un crimen, ni debería estar en el Código Penal.

            Tal vez por eso proliferaron fundamentalismos, griterías y “desmesuras” (primer significado de la palabra “pecado”, anterior incluso al de las religiones).

            Tampoco “somos” sólo nuestros 46 cromosomas, aunque no se repitan en ningún individuo. Por eso, para el Derecho y la moral mínima (esa que sustenta la norma jurídica) no es delito la píldora del día después, que impide “maternar”.

            Las ficciones intentan ocultar intereses y justificar excesos.

            Como la remanida noción de salud de la OMS. Ese “completo estado de bienestar físico, psíquico y social” que, hace cincuenta años, inauguró el hipermercado global de la enfermedad y, en este momento de medicalización de la vida, es una utopía: todos seríamos enfermos insuficientemente explorados.

Aplicada con sensatez, hubiera podido hasta justificar el aborto de menores con dudosa capacidad para maternar. Pero se la utiliza acá para desconocer cualquier valor a la persona no nacida.

            De aprobarse tal cual, la sola invocación de estrés bastará para solicitar el aborto en cualquier momento de la gestación, aun en fetos desarrollados en que podría adelantarse el parto, o evitarse un infanticidio.

Somos, también, tiempo

            En caso de violación, una moral de perfección (de máxima) puede obligar a la mujer a continuar el embarazo. Fuera de su conciencia, hoy la ley no la obliga.

            En 2012, la Corte interpretó que no debía esperarse la autorización de un juez, para evitar que la gestación avance. Desde entonces, basta una Declaración jurada. Pero en el proyecto hasta esa declaración resulta superflua.

Bachelet (mujer, médica y socialista) reguló las causales de desincriminación, estableciendo para invocar la violación un límite de catorce semanas.

Contradictoriamente, aquí no hay límite temporal alguno. La mujer mayor que se considere violada tendrá 9 meses para abortar. Ni siquiera importó que, a partir de la denuncia penal, pueda llegar a castigarse algún violador mediante el registro de ADN habilitado para crímenes sexuales.

Valores en la oscuridad

            Se repitió hasta el cansancio que casi todos los países admiten el aborto. En ninguno es asumido como obligación del estado con semejante amplitud y características.

            Sin importar el contexto de escandalosa pobreza. Que hace meses nuestros hospitales sólo atienden alguna que otra urgencia. O que, antes de la pandemia, tras terminar la atención programada, debían permitir el ingreso a la gente en situación de calle…para que duerman bajo techo. Además de “hospedar”, los hospitales del deseo deberán asegurar estas prestaciones no propiamente curativas.

            Varios títulos confunden. Desde “legalización del aborto” (es falso: hoy está legalizado), hasta proclamas repudiables: como calificar a quienes se oponen a este proyecto de “antiderechos”. Más deplorable aun, es colocar en la vereda de enfrente religiones e Iglesias, como si no estuviera en juego aquí una cuestión antropológica y de filosofía política.     

            Eventualmente ¿cuál sería la razón por la que un país deba tirar por la borda valores que forman parte de su historia, identidad y tradición? Tradición es lo que se “entrega” (tradere) de generación en generación. ¿Depende de esos 14 votos de diferencia?  

            Si es ley, sonarán, seguramente, algunos tambores. Pero como sociedad seremos menos humanos.

            Y las mujeres… seguirán solas frente a su conciencia. Algunas, imaginando la eterna e inagotable danza de la vida. Otras, quizá, bailando un vals, abrazadas a un guía ciego, como en la famosa película.

* Abogado. Vicepresidente de la Asociación Argentina de Bioética Jurídica