martes, diciembre 7, 2021
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Covid y una medida humanamente imprescindible

Lástima tan tarde
Covid y una medida humanamente imprescindible

             El 28 de febrero se publicó en el Boletín Oficial el Decreto de Necesidad y Urgencia 125/21, que vino a reemplazar el Nro. 67/21.

            Tras destacar que ninguna jurisdicción ni ciudad se encuentra a la fecha bajo Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) prorroga su vigencia, así como la del Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio (DISPO), hasta el 12 de marzo y ratifica la facultad de los titulares de cada jurisdicción para volver a decretar el Aislamiento según parámetros epidemiológicos (los mismos que el Decreto anterior).

Si llamara la atención el plazo, de sólo días, recordemos que el 11 de marzo de 2020 la OMS declaró pandemia el brote del virus SARS-CoV-2 y, al día siguiente, el DNU N° 260/20 amplió por un año en nuestro país la emergencia sanitaria que había sido dispuesta por la Ley N° 27.541 originalmente hasta el 31 de diciembre de 2020.

Estar presentes en las horas finales

El texto de la nueva norma (otras 28 páginas) es casi un calco de la anterior, salvo por un aspecto realmente novedoso. El del artículo 26°, importantísimo desde el punto de vista bioético, referido al acompañamiento de pacientes.

Allí dispone que “deberá autorizarse el acompañamiento durante la internación, en sus últimos días de vida, de los y las pacientes con diagnóstico confirmado de COVID-19, o de cualquier enfermedad o padecimiento. En tales casos las normas provinciales y de la CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES deberán prever la aplicación de un estricto protocolo de acompañamiento de pacientes que resguarde la salud del o de la acompañante, que cumpla con las recomendaciones e instrucciones del MINISTERIO DE SALUD de la Nación y de la autoridad sanitaria Provincial o de la CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES. En todos los casos deberá requerirse el consentimiento previo, libre e informado por parte del o de la acompañante…”  

No profundizaremos en la bioética de la muerte y el morir, objeto de nuestra preocupación en los últimos años, sino sólo para decir que la medida llega lamentablemente tarde. Un año y demasiadas muertes tarde.

Desde el inicio de la pandemia se ha destacado la necesidad de evitar la mistanasia.

El término como tal fue acuñado en 1989 por el bioeticista brasileño Marcio Fabri dos Anjos, para aludir a la muerte miserable, cruel, indigna, infeliz. Se diferencia de la ortotanasia, o muerte que sobreviene en condiciones adecuadas de atención y acompañamiento, aun cuando médicamente resulte inevitable.

Miles de pacientes muertos con motivo de este virus (evitamos decir “de” coronavirus, porque la causa real de la muerte sólo puede certificarla la necropsia, que no se les realizó), se han ido de este mundo aislados, solos, sin siquiera ver un rostro descubierto. Mucho menos una sonrisa. Muchísimo menos, con el contacto de una mano amiga.

Hemos presenciado a lo largo de 2020, situaciones deplorables de sufrimiento psíquico y espiritual por el destrato a pacientes, acompañantes y familiares, no sólo ante diagnósticos confirmados de COVID 19, sino ante la mera presunción de un caso (por presentar unas líneas de fiebre, o haber estado en compañía de un enfermo), al punto de herir la sensibilidad y llegar a vulnerar la dignidad humana.

No sólo con los internados en Terapia Intensiva. Muchos familiares fueron privados de acercarse y ver el rostro de sus parientes aislados preventivamente. Incluso hasta luego de fallecidos, cuando sus cadáveres fueron envueltos en bolsas rojas, a las que no podían acercarse y a veces ni siquiera verlas, porque el establecimiento vaciaba los pasillos por donde iban a ser trasladadas. Y no nos referimos a hospitales públicos exclusivamente.

Vimos el rostro atónito y dolorido, de personas de edad avanzada llevadas en sillas de ruedas hacia zonas de aislamiento y a realizarse estudios, a lo largo de corredores previamente desiertos por las ostentosas órdenes de enfermeros, vestidos como astronautas, que limpiaban (“desinfectaban”) sin la mínima delicadeza y a la vista de terceros los pisos y paredes de los ascensores que las trasladaban.

Aunque, en su origen, mistanasia hacía alusión a la muerte evitable de personas socialmente desprotegidas, para la bioeticista brasileña Hildeliza Boechat Cabral, en un libro reciente de ese nombre, abarcaría también la muerte por COVID 19 en esas condiciones de abandono afectivo. 

No aludiremos a residentes de hospicios, asilos y establecimientos psiquiátricos, que siguen todavía aislados. La norma no los comprende (sólo se refiere a “los últimos días de vida…”), pero su sufrimiento también nos interpela. 

Por respeto a nuestros muertos evitemos, en un minuto de silencio, invocar la grieta. Aunque no elevemos plegaria alguna, pensemos en la que sigue abierta en tantos corazones.   

* Abogado. Vicepresidente de la Asociación Argentina de Bioética Jurídica