sábado, septiembre 25, 2021
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Inmunizarse o no, esa es la cuestión

En la era genómica
Inmunizarse o no, esa es la cuestión

Por José María TAU *

                            Muchos recordarán aquél 26 de junio de 2000, cuando el presidente norteamericano Clinton y el premier inglés, Tony Blair, anunciaron juntos, en transmisión a distancia, el desciframiento del genoma humano.

         Era en realidad un borrador (los genes del ADN del núcleo celular se calculaban en muchos más que los 25.000 posteriormente identificados) pero urgía tomar la delantera: la cartografía debía ser concluida y anunciada antes que una reconocida firma privada y mostrar al mundo que, en el siglo naciente, la genómica abría una nueva era para la humanidad.

         Para algunos entusiastas, anunciaban la “receta” capaz de construir un ser humano con el ADN cromosómico de cada célula.

         Los últimos 20 años mostraron que la investigación genómica es imparable y dejó ya de realizarse prioritariamente por los estados.

Ficción y realidad

         La industria del entretenimiento dio cuenta del cambio. En un difundido videojuego de los años ochenta, el ejército luchaba contra el poder destructor de tres animales, monstruosamente crecidos mediante experimentación: con vitaminas (gorila), aditivos alimentarios (lobo), e inmersión en un lago radiactivo (cocodrilo).

         Llevado al cine en 2018 (la película se tituló aquí: “Rampage-devastación”) esos tres animales también se convierten en monstruos, pero a partir de un experimento genético que, en una plataforma espacial, realiza una empresa privada para alterar su crecimiento, agresividad y longevidad. La plataforma estalla cuando una inmensa rata en experimentación ataca a los tripulantes y sus restos alcanzan la tierra.

Bioinseguridades

         Muchos laboratorios realizan hoy investigaciones genéticas. Alrededor de 50 son de nivel 4, máximo en bioseguridad. Como el de Wuhan, donde a principios del siglo se detectó el origen animal del coronavirus del síndrome respiratorio agudo severo (SARS) y llevan a cabo estudios de mejoramiento genético.

         Según recuerda la genetista Irene STETSON, la “ganancia de función”, aplicada a un virus (microorganismo acelular que necesita de células para perdurar replicándose) aumenta habilidades del patógeno, como transmisibilidad, letalidad, o su capacidad para superar una respuesta inmune, vacunas y medicamentos. Tras esa ganancia, no será más un virus natural.

         Luego de conocer las declaraciones del Dr. Tasuku Honjo, japonés premio Nobel de Fisiología 2018 (trabajó, además, años en aquél laboratorio) ofreciéndose a devolver el premio si sus razones para afirmar que este virus fue “diseñado” se demostraban erróneas; y el cambio de opinión de profesionales de prestigio mundial, y los análisis del afamado periodista científico Nicholas Wade, he releído con nuevos ojos lo expuesto en una nota de opinión anteriormente publicada bajo el titulo “Un virus con dos pandemias”, acerca del surgimiento del coronavirus Covid 19 por un salto accidental de animal a humano.

         Los principales medios internacionales y la propia OMS modificaron su enfoque original, que consideraba conspiranoica la hipótesis de su creación en laboratorio. Aunque la misión de científicos que concurrió a China para estudiarla no obtuvo resultados concluyentes (quizá por la falta de colaboración de las autoridades de ese país), el propio Senado de USA reunió pruebas del financiamiento aportado por la autoridad sanitaria norteamericana para investigar sobre ganancia de función… justamente en Wuhan. Interpelado el máximo responsable de esos avales, no lo negó, sólo se limitó a agregar: “nunca se sabe si los científicos ocultan algo de sus experimentos”.

¿Inmunizarse con “vacunas” o no?

         La Bioética Jurídica no puede obstaculizar el progreso científico. Debe si, velar por los derechos humanos, advirtiendo acerca de los riesgos de alteraciones inducidas en el ADN nuclear, el mitocondrial o el ARN, que acabadamente no se conocen.

         Aunque el origen siga debatiéndose, nadie puede seriamente negar la existencia de este virus, sus versiones, cepas, alta contagiosidad (aun con baja letalidad) y efectos que amenazan con el colapso de los sistemas sanitarios.

         Tampoco sus paradojas.

         Para combatirlo las administraciones sanitarias se han visto necesitadas de evaluar y aprobar, por vía de emergencia, “vacunas” casi desconocidas y en vías de experimentación.

         Estos anhelados “productos” (en “Vacunas, compuestos y dos principios necesarios”, edición del 13 de noviembre de 2020, exponíamos que, al no ser propiamente vacunas, en el sentido tradicional, su aplicación no podía considerarse legalmente obligatoria) tampoco resultan fáciles de adquirir. Mal distribuidas en el mundo y sujetas a derechos de patentes, nuestros países se están endeudando seriamente frente a “fondos de financiamiento” y firmas privadas.

         Tras más de un año de pandemia, padecimientos y miedo, los van exigiendo como recaudo para el ingreso o circulación varios países, particularmente los que viven del turismo.

         Frente a nuevas realidades y escenarios complejos, la Bioética puede ayudar a generar conciencia de responsabilidad y ciudadanía, promover transparencia y formular interrogantes previos a cualquier norma legal.

         Por ejemplo: si resultaría prudente todavía la negativa a inmunizarse confiando en las defensas del propio sistema inmunológico; o si esa negativa no estaría reñida con una ética social, cuando tales productos evitan la propagación del patógeno y el agravamiento del cuadro en infectados.

Siempre que estén disponibles, claro.

* Abogado. Vicepresidente de la Asociación Argentina de Bioética Jurídica