
Cerca del mediodía ya había gente esperando el acto en Plaza de Mayo. La jornada cálida y soleado animó a los manifestantes que se reunieron durante la mañana en distintos puntos del centro porteño, más otros que venían del conurbano y del interior del país fueron cambiando el paisaje de la capital. Organismos de derechos humanos, agrupaciones políticas, sindicatos, organizaciones sociales y una enorme cantidad de ciudadanos que se acercaron de manera independiente de a poco fueron llenando la histórica plaza para escuchar el acto central.

La multitud aparecía por todos lados; cada arteria que llevaba a la plaza se iba colmando con pancartas, banderas, bombos que portaban los más organizados, mientras que por otro lado se veían padres con sus hijos sobre los hombros, madres llevando a otros en sus brazos, chicas y muchachos que quizás participaban por primera vez en una marcha, veteranos de mil movilizaciones, todos identificados con leyendas en sus remeras, gorros o banderas que decían “Nunca Más”, “Son 30000”, o levantando pequeñas pancartas con la imagen de algún ser querido desaparecido, también otros envueltos en banderas argentinas. Un verdadero colorido mientras se cantaba la marcha peronista, hits tribuneros, como el que no salta, votó a Milei, o adonde vayan, los iremos a buscar. A pesar de lo doloroso del momento, la gente se expresaba en paz y con alegría. En los alrededores de la Plaza, pero especialmente en la Avenida de Mayo, estaban diseminados puestos de comidas, e improvisados puestos de ventas de pañuelos pintados remeras alusivas, banderitas argentinas para quienes no habían llevado nada.

Si bien se esperaba que a las 17 horas se leyera el documento final en la plaza, ya a eso de las 15 era imposible llegar a ella. Hubo amontonamientos y apretujones cerca de las vallas y cierto caos entre los que pugnaban por entrar y los que pretendían salir del atolladero. Los que más sufrieron el momento fue la gente grande o los que llevaban en sus brazos a sus pequeños hijos. Gruesas columnas de distintas agrupaciones no pudieron llegar a la Plaza y se distribuyeron sobre Avenida de Mayo, Diagonal Norte, Diagonal Sur, en calles aledañas sobre varias manzanas a la redonda.

Finalmente, un par de horas más tarde, referentes de organismos de derechos humanos leyeron un documento consensuado en el que se reiteraron consignas vinculadas a memoria, verdad y justicia, y se recordó a las víctimas del terrorismo de Estado. También se realizaron intervenciones artísticas, colocación de pañuelos simbólicos y actividades culturales en distintos sectores de la plaza y sus alrededores.

Entre otras se alzaban en medio de la multitud las pancartas y banderas con sus consignas de la Asociación Madres de Plaza de Mayo y el Movimiento Derecho al Futuro. Agrupaciones de izquierda, como el Nuevo MAS, el PTS, el PO y el MST, marchaban por Diagonal Norte y Sur, al igual que organizaciones sindicales como CGT, CTA Autónoma y la CTA de los Trabajadores. A ellos se les sumaban miles de familias y grupos de personas de todas las generaciones en un clima de total tranquilidad.

Alrededor de las seis de la tarde y luego del acto central, la marcha comenzó a desconcentrarse con las banderas en alto, al grito de “nunca más” y otras consignas, exigiendo que se abran los archivos, que el Estado responda las preguntas que hoy todavía son una incógnita y que el terror nunca más vuelva.
A medida que pasan los años, la manifestación por la memoria verdad y justicia es cada vez es más grande y poderosa.
Este 24 de marzo se vio marchar un pueblo sereno, no exento de alegría y orgullo. Por llevar sus hijos a un acto por primera vez, por encontrarse con compañeros que regresaron del infierno, por ver a esos hijos o nietos que sostenían la dignidad de sus abuelos. Allí estaban esos amigos que se ven poco, pero que acuden siempre a esa cita imprescindible, los jóvenes murgueros que bailaban y redoblaban sus tambores llenos de música e ingeniosas letras con fundamento. Todos de alguna manera tratando de exorcizar el dolor de las torturas que aún duelen, o con la esperanza cada vez más delgada de encontrar algo de los que desaparecieron, o de compartir con las Abuelas la lucha por hallar a los bebés robados y apropiados. En definitiva, porque saben que su presencia este 24 de marzo en tiempos tan oscuros contribuye a que el Nunca Más sea una realidad para siempre. A 50 años del más sangriento golpe de Estado.

Con el paso de los años, la marcha por la memoria, la verdad y la justicia se ha convertido en una manifestación cada vez más imponente y conmovedora. Este 24 de marzo, un pueblo entero desfiló con serenidad y dignidad, aunque no sin alegría y orgullo. Orgullo de llevar a sus hijos por primera vez a un acto de esta naturaleza, de reencontrarse con quienes, pese a todo pudieron salir de ese infierno tan temido, de poder de contemplar a esos hijos y nietos que honran con amor la dignidad de sus abuelos. Allí se encontraban también esos amigos que, aunque no se vean con frecuencia, no faltan nunca a esta cita esencial. Jóvenes llenos de energía danzaban al ritmo de la murga, redoblaban con tambores que resonaban en notas musicales e ingeniosas letras con sentido y fundamento.

Cada manifestante, de algún modo, exorcisar el dolor de las torturas que aún duelen, intentaba cavar en la esperanza casi extinguida de hallar rastros de quienes fueron desaparecidos o compartía el fervor de las Abuelas por recuperar a los nietos robados y apropiados. Todos sabían que su presencia en este día trascendía el acto mismo: en tiempos marcados por incertidumbre y sombras, estar allí contribuye a dejar en claro que el Nunca Más debe ser eterno. A 50 años del golpe de Estado más brutal en la historia del país.











